Partisano.

takatum

 

Hoy que las musas me han abandonado como diría Sabina he recordado a Felipito Takatún era ese tipo de personaje que parecía vivir en un mundo donde todo funcionaba con un ligero retraso… pero un retraso encantador. Entraba en escena con su traje impecable, su sonrisa ingenua y ese “¡Takatún!”, que ya era medio chiste en sí mismo. Joe Rígoli tenía un talento especial para crear personajes que parecían torpes, pero que estaban milimétricamente construidos. Felipito era como un niño grande atrapado en un adulto con traje, siempre metiendo la pata. ¿Esto es extrapolable a los tiempos actuales?, a los patriarcas o partisanos eternos de la política, que llevan tanto tiempo en sus partidos que ya no recuerdan si entraron por vocación por devoción, o porque se equivocaron de puerta y nunca encontraron la salida. Conocen cada pasillo, cada despacho y cada truco para mantenerse arriba, pero curiosamente nunca encuentran el camino para dejar paso a nadie más. Son como esos muebles antiguos que nadie se atreve a tirar: pesados, ocupan espacio y ya no combinan con nada, pero ahí siguen, porque “siempre han estado ahí”.

La Guía  Para Ser un Partisano Auténtico.

 

Regla 1 del buen partisano: Apoya públicamente la línea de lo que es elegido por la mayoría.

Regla 2 del buen partisano: Si discrepas, hazlo en privado.

Si buscas en el diccionario la palabra «partisano», probablemente encuentres: «Partidario o miembro de un grupo».

Los verdaderos partisanos defienden a su líder contra viento y marea. Otros son más bien del tipo: «¿Viento? Perfecto, voy a añadir una tormenta». No necesita que vengan los demás a criticar cuando el falso partisano puede hacerlo desde dentro, con más eficacia y mejor conocimiento de causa.

Es como tener un jugador de fútbol que mete goles… en su propia portería.  Técnicamente, sigue siendo de tu equipo, pero quizás sería mejor que se sentara en el banquillo.

La Contradicción Ambulante.

 

El verdadero partisano esconde sus dudas y presenta un frente unido. Los viejos líderes presentan sus dudas, sus certezas, y su opinión completa sobre todo en una entrevista de dos horas. Luego se van tranquilamente a casa.

«¿Cómo puedes ser tan mal partisano?», le preguntarían,  pero estos carcamales han convertido su falta de espíritu partisano en un arte, una especie de coreografía inmóvil donde siempre bailan en el centro del escenario aunque la música haya cambiado hace décadas.

Conclusión: El Partisano Que Nunca Fue.

 

Algunos han  demostrado durante estos últimos años que no sirven para ser partisano. No tiene el gen de la lealtad ciega, ni el instinto de cerrar filas, ni la capacidad de morderse la lengua cuando hace falta, y tendrían que aprender de los elefantes que cuando están viejos o enfermos se alejan lentamente de su manada porque sienten que su final se acerca. ¿Esto también se puede extrapolar a la política? Parece ser que no, ya que de  un tiempo a esta parte las viejas glorias añejas, de las actuales formaciones políticas, que ya están jubilados, con carnet de pensionista y con tarjeta dorada para descuento en el AVE, aparecen para enseñar al resto como debe de ser un buen Partisano.

 

No todos los que hablan tienen razón, ni todos los que callan la pierden.

Guerra de ricos, y la están ganando.

ricos

Poder y riqueza, tanto monta…

 

Dicen que vivimos en tiempos históricos, pero a veces parece más bien que estamos atrapados en una temporada extra de una serie que ya debería haber terminado. Y en medio de todo este caos político, hay una trama secundaria que se ha convertido en la verdadera protagonista: la guerra de los ricos que por cierto, rima con políticos .  Sí, esa guerra silenciosa, elegante, sin barro ni trincheras, donde las armas son fondos de inversión y las bajas son… bueno, nosotros, que seguimos pagando suscripciones, impuestos y cafés a 3,50€ como si nada. Este es un conflicto muy peculiar, a diferencia de las guerras tradicionales, aquí no hay uniformes ni himnos. Los combatientes llevan traje, zapatillas blancas “minimalistas” y relojes que cuestan lo mismo que un coche. Su campo de batalla son los mercados ( algunos legales , otros no tanto), las juntas de accionistas y, de vez en cuando, algún yate o isla paradisiaca donde se “negocia” con un mojito en la mano. Mientras tanto, el resto miramos desde la sombra de una caña de bambú en verano ,  intentando entender por qué el precio del pan sube más rápido que nuestra paciencia.

Lo más gracioso, o trágico, según el día, es que los ricos parecen ganar esta guerra sin mover un dedo, literalmente sus inversiones trabajan mientras ellos duermen, desayunan aguacate o hacen yoga en una terraza con vistas al mar. Es como jugar al Monopoly con ventaja, mientras algunos empiezan con todos los hoteles puestos,  el resto de jugadores tienen ya la casilla de salida hipotecada.

La política en medio del espectáculo.

 

La política actual intenta seguir el ritmo, pero a veces parece un grupo de música tocando en un crucero de lujo, mucho ruido, muchas luces, pero el capitán del barco sigue siendo el que tiene el yate más grande. Y mientras los discursos van y vienen, la guerra continúa. Una guerra sin explosiones, pero con gráficos de barras que dan más miedo que cualquier película de terror.

¿Y nosotros qué?

 

Nos queda el humor. Y la esperanza de que, algún día, la guerra de los ricos tenga un giro inesperado. Quizá un plot twist donde la clase media deja de ser un personaje secundario y pase a tener diálogo. Hasta entonces, seguiremos por aquí, pagando facturas, aguantando  y preguntándonos por qué, Don Dinero ha sido siempre un poderoso caballero.

 

“El poder sin dinero es teoría. El dinero sin poder es entretenimiento.”

No hay sitio » pa » tanto turista.

turismo

 

No hay sitio para tanto turista. Un desbordamiento anunciado.

 

Hay una frase que se repite con la popularización y masificación del turismo, pero cada vez con más fuerza, en las ciudades más visitadas del mundo.  No hay sitio para tanto turista. Lo que antes era una queja esporádica o puntual se ha convertido en un diagnóstico colectivo. Y no es solo una cuestión de aglomeraciones y agobio, es un síntoma de algo más profundo, una tensión entre la vida cotidiana y una industria que, aunque trae riqueza, también impone un ritmo que muchos lugares ya no pueden ni soportar ni sostener.

Cuando la ciudad se convierte en escenario.

 

En barrios históricos, las calles estrechas se llenan de grupos guiados por paraguas de colorines y auriculares. Los comercios de toda la vida desaparecen para dar paso a tiendas de souvenirs idénticas en todas partes. Los vecinos aprenden a esquivar maletas con ruedas como si fueran parte del mobiliario urbano. Y lo más curioso es que, en medio de esa multitud, la ciudad pierde algo esencial, su capacidad de ser vivida por quienes la habitan.

El turismo como monocultivo.

 

El problema no es el turista, sino la dependencia. Cuando una ciudad se vuelca casi por completo en atraer visitantes, corre el riesgo de convertirse en un monocultivo económico. Y como cualquier monocultivo, es frágil. Basta una crisis sanitaria, un conflicto internacional o un cambio en las modas viajeras para que todo el sistema tiemble y caiga como un castillo de naipes.

Mientras tanto, los precios del alquiler suben, los servicios se saturan y la vida cotidiana se vuelve más cara y más incómoda. El visitante viene y va; el vecino se queda… o se marcha porque ya no puede permitirse quedarse.

Por supuesto que hay alternativas, pero requieren valentía política y madurez social. Regular los pisos turísticos, diversificar la economía, limitar el acceso a zonas saturadas, promover un turismo más pausado y respetuoso. No son medidas populares, pero son necesarias si queremos que las ciudades sigan siendo lugares habitables y no parques temáticos.

El derecho a la ciudad.

 

En el fondo, la discusión sobre el exceso de turistas es una discusión sobre el derecho a la ciudad: quién la vive, quién la disfruta, quién la sufre y quién la transforma. Y ese derecho debería empezar siempre por quienes la sostienen día a día.

Porque sí, viajar es maravilloso. Descubrir culturas, paisajes y sabores es una de las grandes alegrías humanas. Pero también lo es poder vivir en tu barrio sin sentir que estás de paso en tu propia casa.

Quizá el reto del futuro no sea atraer más turistas, sino aprender a decir: hasta aquí. No por rechazo, sino por equilibrio. Porque una ciudad que se cuida a sí misma es, paradójicamente, la que mejor puede acoger a quienes la visitan.

 

“No hay sitio para tanto turista… pero la calle insiste en comportarse como un ascensor lleno.”

Menú amplio y surtido.

fin del mundo

 

Cuando el futuro se escribe en clave distópica (y aun así algunos imaginan luz tras el colapso)

 

El menú de apocalipsis disponible es hoy muy nutrido: amenaza nuclear, emergencia climática, tecnología desbocada, crisis democrática, auge del totalitarismo, y un largo etcétera. El imaginario dominante es distópico y resulta difícil dibujar un futuro apacible. Aunque hay gente que lo hace… al menos después del colapso de la civilización tal y como la conocemos.

Vivimos rodeados de finales posibles. No uno, sino un catálogo completo, casi gourmet, de apocalipsis contemporáneos: la amenaza nuclear que nunca se fue del todo, la emergencia climática que ya no es advertencia, sino presente e inminente, la tecnología que avanza más rápido que nuestra capacidad para gobernarla, la erosión de las democracias liberales, el auge de los autoritarismos… La lista es larga y, para muchos, agotadora. No sorprende que el imaginario dominante sea distópico, parece que el futuro se ha convertido en un territorio hostil, un paisaje donde la esperanza es un recurso escaso.

Lo interesante es que esta visión no surge de la nada. La cultura popular lleva décadas preparándonos para imaginar el desastre, desde novelas postapocalípticas hasta series donde la humanidad sobrevive entre ruinas. Pero hoy esa estética se ha filtrado en la conversación pública, en la política, en la economía, incluso en la vida cotidiana. El resultado es una especie de ansiedad de época actual, la sensación de que estamos viviendo en un prólogo interminable del colapso.

Sin embargo, hay un matiz que merece atención. Aunque la distopía domina, no todo el mundo se queda atrapado en ella. Existe un grupo creciente de pensadores, escritores y activistas que, paradójicamente, encuentran esperanza después del derrumbe. No porque deseen el colapso, sino porque imaginan que, una vez desmanteladas las estructuras que hoy parecen inamovibles, podría surgir algo más humano, más sostenible, más comunitario.

Este “postoptimismo” no es ingenuo. No promete un paraíso ni minimiza los riesgos. Más bien propone un cambio de foco. Si el futuro inmediato parece oscuro, quizá valga la pena pensar qué podría construirse con los restos. Es una invitación a imaginar no solo cómo evitar el desastre, sino cómo reinventarnos llegado el momento.

La pregunta de fondo es incómoda,  pero necesaria: ¿por qué nos cuesta tanto imaginar un futuro apacible sin pasar antes por el colapso? Tal vez porque la estabilidad se ha vuelto un lujo, o porque la complejidad del mundo actual nos supera. O quizá porque, en el fondo, sabemos que ciertos modelos están agotados y preferimos pensar en un renacimiento que en una reforma.

Sea como sea, el desafío está ahí, recuperar la capacidad de imaginar futuros habitables. No futuros perfectos, pero posibles. Futuros donde la tecnología no sea amenaza,  pero sí una herramienta, donde la política no sea un campo de batalla más bien un espacio de negociación, donde la crisis climática no sea un destino,  sino un punto de inflexión.

 

Mientras tanto, seguimos navegando entre distopías, advertencias y pequeños destellos de esperanza. Y quizá, solo quizá, ese ejercicio de imaginar lo que viene, incluso cuando lo que viene parece incierto, sea la forma más humana de resistir.

Pienso en aquella tarde…

atardecer

Pienso en aquella tarde de Pereza. Crónica de un himno para no hacer nada.

 

Hay canciones que te levantan el ánimo, otras que te rompen el corazón… y luego está “Pienso en aquella tarde de Pereza”, que pertenece a una categoría mucho más distinguible, la de los himnos oficiales del arte de no mover un dedo. Porque para ser sinceros, si la pereza tuviera un departamento de marketing, esta canción sería su jingle destacado.

 

Una tarde cualquiera… o probablemente ninguna.

 

La letra, que sin entrar en detalles para no destripar nada, evoca esa clase de tarde en la que el tiempo se derrite como un helado al sol y tú te vas derritiendo con él. No pasa nada, tampoco, quieres que pase nada, y si algo intenta pasar, lo miras de la misma manera con la que un gato mira un lunes. Es una oda a ese momento glorioso en el que te dices a ti mismo. “Podría hacer algo productivo… pero también podría no hacerlo.” Y la canción, muy » espacico «, y con mucha delicadeza, te recuerda que la segunda opción es perfectamente válida.

 

La banda sonora del sofá.

 

Lo mejor es que no solo describe la pereza, la induce.  La escuchas y de repente tu cuerpo entra en modo  de espera o pausa cíclica. Tu cerebro baja la persiana hasta abajo, y tu lista de tareas empieza a sonar como un idioma extranjero, del cual no entiendes nada. Es casi terapéutico. Casi espiritual. Casi… demasiado cómodo. Porque al final todos hemos tenido alguna vez  esa tarde, en la que miras el reloj y piensas: “¿Cómo es posible que hayan pasado tres horas si no he hecho absolutamente nada de nada,  multiplicado por nada?” Y la canción esta hay,  como diciendo: “Tranquilo, que  aquí celebramos ese talento.”

Para concluir dale al Play y deja que Pereza con su melodía haga su magia. Si buscas motivación, esta no es tu canción. Si buscas energía, tampoco. Pero si buscas validación emocional para tumbarte sin remordimientos, entonces sí que sí. “Pienso en aquella tarde de pereza” es tu nuevo himno nacional.